El mayor privilegio que puede tener un ser humano es el de ser llamado por Dios para proclamar las buenas nuevas de salvación. Realmente es un alto privilegio, un privilegio que terminaría en la vanagloria, en la exaltación personal, o en la desilusión y amargura, si no fuese por ese extraño e inexplicable “llamado de Dios”. Solo aquellos que han sentido ese llamado pueden entender entonces las palabras de Pablo cuando dijo:
“Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mi si no anunciare el evangelio!” (1 Cor. 9: 16).
“Por cuanto agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, me llamó por su gracia a revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase...” (Gal. 1: 15, 16).
Con estas palabras de Pablo dando vueltas en mi conciencia cada día, y con la convicción del llamado de Dios en mi vida, sirvo a mi Señor y a su iglesia. Predico el mensaje más hermoso que un mensajero de Dios pueda predicar en este mundo, un mensaje de esperanza, reconciliación y restauración: el mensaje del segundo advenimiento de Cristo. Creo fervientemente en la promesa de mi Salvador cuando dijo:
“Iré pues a preparar lugar para vosotros… y vendré otra vez, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”.
Estas palabras conforman mi identidad, mi fe, y mi esperanza. Muy pronto estaremos con el Señor.
Por lo tanto “Peleo la buena batalla, corro la carrera, y guardo la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Tim. 4: 7, 8). |
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| - Pastor Allan Machado, Pastor asociado y de jóvenes de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Hialeah, Fla. |
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